Hay épocas de la vida en las que la realidad se convierte en una fantasía, un mundo mágico, con otro color, con otras sensaciones, en el que el aire es siempre fresco y hasta la nieve y la lluvia tienen ese tono cálido. Las amistades parecen ser eternas. Eternas. Como si esas relaciones se forjase n a fuego en un par de meses. Y los amores. Los amores. Los amores son puros y salvajes, hasta el fin del mundo.
Siempre rondando la fecha de caducidad, la fantasía trae detrás
muchas lágrimas y despedidas. Toca afrontar una vida real y la paleta de colores
grises que la envuelve. Intentamos pintar la vida real con colores vivos,
amarillos, naranjas, verdes… pero por mucho que lo intentemos, por muchos
colores que pongamos, la luz de la vida real no consigue que sean tan intensos
como en la fantasía. La luz no es la misma. Quizá nosotros tampoco.
Hay momentos puntuales, en los que la luz de la fantasía se
cuela unos segundos por la ventana de la realidad, pero rápidamente se va. La
fantasía es efímera y el polvo gris se posa rápidamente sobre los colores vibrantes
que hace un segundo bailaban con alegría.
Entonces, ¿deberíamos asumir la verdad? ¿olvidarnos de la
fantasía? Desde luego sería mucho menos doloroso ya que cada vez que la fantasía
asoma su hocico, por poco tiempo que sea, la vuelta a la realidad se hace más
dura. Muy dura.
Las amistades de toda la vida se tornan aburridas y solo
queremos volver a sentir con tanta intensidad todo: la nieve, las risas, las cervezas
en las noches heladas…
-
Me voy a casar
-
Elio!
-
Oliver!
Quizá esos momentos de fantasía solo se produzcan cuando se
tiene la certeza de un fin. Cuando se sabe que esa época tiene una fecha de caducidad
cercana y hace que lo vivas todo con más intensidad. Aunque realmente, la vida
que llamamos real también tiene un fin. Un fin muchas veces poco aproximado. Y
es en esa vida que llamamos real, en la que no tenemos fijada la fecha del fin,
en la que todo parece gris.

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