Tardes largas de oficina II

Es viernes por la tarde. Más de la mitad de las luces de la oficina apagadas revelan la cantidad de trabajadores que han empezado a disfrutar de su fin de semana.

Como cada viernes por la tarde mi compañero sigue pegado al teléfono atando el inicio de jornada del lunes. Y yo sigo terminando las últimas propuestas que queremos presentar para la semana.

Ya no está la secretaria. Y el jefe acaba de salir chaqueta en mano indicando que no tiene pensado volver. Se despide Rafa, deseando un buen finde.
- Pues entonces tú y Paco empezáis el lunes en Oviedo, y así van Jose y Antonio a Lugo. ¿Te parece?
- …
- Pues venga. No os olvidéis de los cascos nuevos.
- …
- Buen fin de semana. A descansar que el lunes hay mucho que hacer.
- …
- Chao.
Cuelga. Sopla y teclea en el ordenador la programación de la semana que viene. Apaga su pantalla y se sienta en mi mesa. Sigo a lo mío.
- Vas a hacer noche aquí?
- Jajaja. No, ya poco me queda.
- Venga, que te espero y vamos a tomar una caña.

Levanto la cabeza y descubro sorprendida que somos los únicos en la oficina.

- Nos han dejado solos.
- Eso parece.
Se inclina ligeramente tapando la pantalla del ordenador.
- ¿Quieres repetir lo del otro día?
- No estuvo mal.
 - En absoluto. Pero hoy tenemos todo esto para nosotros.
- ¿Qué propones?

Termino el presupuesto y la presentación y mando imprimir. Me levanto y tomándolo de la mano, lo llevo a la mesa de doblar planos. Grande y vacía. En medio de la oficina. Ideal.

Escucho a la impresora empezar a imprimir.

Medio sentado en la mesa, me cuelo entre sus piernas y empezamos a besarnos. Ya con las rodillas en la mesa intento deshacerme de su jersey. Él trata de quitarme la blusa. Se gira. Se pone de pie y apoya mi espalda ahora contra el tablero rayado. Noto las estrías de la mesa usada para cortar. Tira de una de las perneras de mi pantalón y yo me estiro tirando el cutter que descansaba encima de la mesa.

Se escucha a la impresora terminar su trabajo con un “pii”. Y nosotros a lo nuestro expuestos a cualquier compañero que hubiese olvidado algo demasiado importante en la oficina.

Fuera ya está oscuro y el resto desde la ventana ya se ven las farolas encendidas. El ambiente de oficinas de la jornada diurna empieza a cambiarse por el de la noche. Pubs, bares y discotecas se preparan para recibir a jóvenes y nuestro portal se convertirá en el meadero oficial de la zona.

Ajenos a ese cambio siguen nuestras manos enredándose en los cuerpos, disfrutando de aquella improvisada hazaña, traspasando los límites de la legalidad. Dejándonos llevar y llenando la oficina de placer y lujuria.

Comentarios