Todas
las cosas del mundo, desde una flor a un ser humano, pueden ser objeto de amor,
interés intelectual o posesión. En el primer caso, dan libertad del gozo en lo
infinito; en el segundo, dan ese conocimiento que es poder; en el tercero,
forjan las cadenas que atan a la materia, arrastran a la oscuridad de la muerte
o las miserias de la competición por el poder egoísta.
La
experiencia enseña que la única forma de disfrutar una cosa es no querer nada
de ella, ni negociarla ni clasificarla.
El
amor es un sentimiento de irradiación hacia algo exterior, de comunicación
benevolente, no para poseer, controlar o decir cómo ha de ser lo amado, sino
contemplando con admiración, curiosidad y deseo de que el amado haga
exactamente lo que le plazca, que se desarrolle según sus íntimos deseos y modo
de ser.
Cuando dos amantes están juntos,
flotan más que andan, intuyen más que ven, se miran más que hablan; los dos han
entrelazado sus irradiaciones, trenzando un campo unificado de vibraciones que
les envuelve como una nube perfilada por los rayos de sol.
Luis Racionero

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