Todas las cosas del mundo, desde una flor a un ser humano, pueden ser objeto de amor, interés intelectual o posesión. En el primer caso, dan libertad del gozo en lo infinito; en el segundo, dan ese conocimiento que es poder; en el tercero, forjan las cadenas que atan a la materia, arrastran a la oscuridad de la muerte o las miserias de la competición por el poder egoísta.

La experiencia enseña que la única forma de disfrutar una cosa es no querer nada de ella, ni negociarla ni clasificarla.



El problema viene de una confesión semántica a saber, llamar amor a aquello que no lo es, a lo que es más bien su opuesto: egoísmo, miedo, posesión, dependencia. A mi entender, el amor, en su acepción correcta, es una emoción benevolente hacia el otro, mezcla de admiración, deleite y deseo de que el otro sea libremente como quiera y haga lo que quiera hacer. Ahí es nada. El supremo altruismo: tratar aquello que deseamos con absoluto respeto, sin interferencia exigente, gozándonos en su abrirse espontáneo e incondicionado como si fuera una flor que miramos, olemos, tocamos, pero sin dañar ni cambiar nada su perfume y su color. Eso es amar. ¿Quién es capaz de ello? Prácticamente nadie. De ahí la cantidad de líos que se montan y bajezas que se perpetran en su nombre.  

El amor es un sentimiento de irradiación hacia algo exterior, de comunicación benevolente, no para poseer, controlar o decir cómo ha de ser lo amado, sino contemplando con admiración, curiosidad y deseo de que el amado haga exactamente lo que le plazca, que se desarrolle según sus íntimos deseos y modo de ser.


Cuando dos amantes están juntos, flotan más que andan, intuyen más que ven, se miran más que hablan; los dos han entrelazado sus irradiaciones, trenzando un campo unificado de vibraciones que les envuelve como una nube perfilada por los rayos de sol.

Luis Racionero

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