Todo empieza suave, entre mimos y caricias que queman. Piel con piel y piel con sábana. Solo un mordisco tímido en el labio distingue los preliminares de un helado de vainilla.

Mordisco tímido que desata la locura infinita jugando a buscar los límites del placer en el dolor, conteniendo la respiración hasta la asfixia para explotar en gritos en la primera bocanada de oxígeno.



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